Él me había infectado con una bacteria misteriosa y yo estaba feliz de tener ese ántrax de felicidad.
Él me había contagiado sus ganas de vivir, su amor por la música.
De repente ya no tenía mucho miedo de hablar con extraños por la calle.
Dejé de agarrarme de mi cartera como si transportara una catarata de monedas de oro, empecé a llevar solo lo indispensable.
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